
Los riesgos eléctricos en las habitaciones de hospitales públicos y centros de salud privadas son más o menos parecidos a los que se presentan en muchas áreas húmedas de viviendas, sin embargo, en las áreas críticas como salas de cirugía o Unidades de Cuidados Intensivos son mayores.
Los pacientes más susceptibles son los que están expuestos a conductores externalizados, catéteres de diagnóstico u otro contacto eléctrico con el corazón o cerca de él.
Para entender la magnitud del riesgo basta con comparar la intensidad de la corriente que puede electrocutar una persona por contacto indirecto y otra sometida a cirugía o cuidados médicos donde hay instrumentos conectados a la caja torácica.
Una intensidad de corriente de 100 miliamperes (100 milésimas de ampere) produce fibrilación ventricular en un choque eléctrico indirecto provocando la muerte, mientras que en un paciente con aparatos instalados en su tórax o el corazón, 100 micro amperes (100 millonésimas de ampere) es lo que se necesita para el mismo resultado. Es decir, se necesita 1,000 veces menos corriente para una electrocución de un paciente en las condiciones descritas anteriormente.
La solución a este problema es la implementación de fuentes de potencia eléctrica aisladas en áreas críticas. En nuestro país, lamentablemente, la mayoría de los ingenieros electricistas no saben que existen ni comprenden esos sistemas, en consecuencia, la mayoría de centros de salud no los tienen. Peor aún, donde los hay, los técnicos de mantenimiento, que son los responsables por el buen funcionamiento durante la vida útil del sistema, tampoco entienden cómo funciona.
Este escenario plantea retos tanto para los ingenieros como para los centros de salud pública y privada y, en definitiva, para sus respectivos pacientes.




